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La sociedad del siglo XXI cada vez está más inmersa en eso que se ha dado en llamar ”el postureo”. Parece que uno no es feliz si no comparte con una legión de amigos, seguidores o desconocidos lo bien que le van las cosas o el lado bello de la vida. Se busca el aplauso fácil y la sonrisa cómplice. Las redes sociales, especialmente Instagran y facebook acaparan la disfunción de la auténtica realidad.

 

Los nuevos políticos han visto en este “fenómeno” un sitio donde acaparar fieles prometiendo una vida color de rosa. Algo que no es nuevo y que los grandes y peligrosos dictadores como Stalin, Lenin, Hitler o Mussolini utilizaron en su tiempo con la radio o el cine. Ahora utilizan las redes sociales o la televisión para lanzar unos mensajes narcisistas para satisfacer su egolatría y ambición, aunque sea especialmente peligroso para la población ajena a sus intereses. Ejemplos claros en España son los movimientos políticos que se apropiaron y desvirtuaron el 15M o el nuevo rumbo que puedan tomar los actuales dirigentes de un partido que debía estar destinado a gobernar en solitario.

La discrepancia contra el líder, su opinión o pensamiento hace que inmediatamente se pueda ser relegado a la indiferencia, al alejamiento y al olvido. Algo que en esta época de postureo está prohibido. Sobre todo si existen estómagos agradecidos que buscan autoafirmarse buscando la aprobación de los demás antes que la marginación.

La educación, la cultura, la reflexión y el análisis pormenorizado de nuestro entorno, de las cosas reales que día a día nos embargan, nos preocupan o nos seducen parece que no está al alcance de aquellos que invaden nuestras vidas con la utopía, el engaño o la hipocresía. Lo peor es que pueden estar destinados a cambiar nuestras vidas a costa de cercenar nuestra libertad creando tendencias a realzar su postura y el del grupo de acólitos que buscan su propio beneficio. La últimas mociones de censura presentadas contra los gobiernos de España o la Comunidad de Madrid son un ejemplo claro de postureo político.

Y parece que en estos tiempos nadie se quiere privar de esta tendencia, incluso algún juez que pretende seguir los pasos del otrora juez Baltasar Garzón ha sido impregnado por ese afán de sobresalir. El caso es que hay que estar “ahí” para lo bueno o para lo malo. Que la virtud de la discreción ha pasado a un tercer plano. Para eso está la utilización de las redes sociales donde se experimenta una gran atracción para alardear de lo que se tiene y cotillear en la vida de los demás. Se exhibe la apariencia, antes era el adosado y el coche; ahora el Iphone y la foto del viaje e incluso la de la comida se convierten en una situación que puede llegar a ser estresante. El problema es que tanta banalidad llega a contagiar a aquellas personas destinadas a ofrecernos una vida mejor.

Ignacio Sánchez

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