Retrato de Felipe II que se exhibe en el Museo del Prado
No cabe duda de que Felipe II fue un hombre de compleja y contradictoria personalidad, que llegó a convertirse para algunos en un demonio y para otros casi en un dios. A lo largo de su vida, su presencia se dejó sentir en multitud de lugares, pero muy pocos sitios consiguieron dejar huella en la mente del más poderoso monarca de la época. De entre ellos, puede que destaque Alcalá de Henares, convertida, en la madurez del monarca, en algo parecido a un lejano paraíso perdido de la infancia y la juventud. A lo largo de la vida de Felipe II, se sucedieron los contactos con nuestra ciudad, aunque, quizás, los momentos más intensos de esta vinculación los vivió al comienzo y al final de su existencia.

 

Recordando sus últimos años, podemos comenzar por 1585. Por aquel entonces, el interés del rey por Alcalá se centró en la figura de un antiguo fraile franciscano llamado Diego y en la protección real a la Universidad. En cuanto al fraile, la intercesión del monarca fue transcendente para todo lo relacionado con su proceso de canonización. Tanto Felipe II como su hijo Carlos, agradecidos al franciscano por la milagrosa curación del príncipe tras el grave accidente sufrido en el Palacio Arzobispal de Alcalá, iniciaron las diligencias para lograr la canonización de fray Diego. Sin embargo, pasaban los años y la deseada canonización no llegaba. Cuenta fray Melchor de Cetina en sus Discursos sobre la vida y milagros del glorioso padre San Diego como en una de las numerosas paradas del rey en Alcalá, en este caso camino de Zaragoza para casar a la infanta doña Catalina, Felipe II rezó ante el cuerpo del franciscano.

Fue entonces cuando el padre Guardián del monasterio de Santa María de Jesús, donde se encontraba enterrado Diego, le pidió que volviera a solicitar la canonización del fraile. En esta ocasión, existían muchas posibilidades de conseguirlo, al pertenecer el nuevo Papa, Sixto V, a la orden de San Francisco. El rey respondió lo siguiente: “creed padre que no me he descuidado, que ya se lo tengo escrito, y yo le tornare a escriuir sobre ello: porque soy yo muy deuoto deste sieruo de Dios, y en todas mis necesidades he hallado en el proteccion, y amparo. Por su intercession me sanó Dios vn hijo milagrosamente, estando ya casi muerto, y ya que algunos años despues se lo lleuo para si, espero en el, que por los merecimientos deste bienauenturado me ha de guardar a este que me ha quedado”.

El rey escribió al Papa y, por fin, el 2 de julio de 1588, llegó la noticia de la esperada canonización, siendo tal la alegría del monarca que “mandó cubrir las ventanas de su palacio, y corte de luminarias, que en lenguas de fuego pregonassen este por el mejor de los buenos sucessos de su Monarquia…”

Las fiestas en honor a la canonización de San Diego se celebraron por todas las villas y ciudades donde se asentaban conventos franciscanos, pero el rey quiso que fuera espacialmente en Alcalá donde se realizaran los más solemnes y grandiosos festejos en honor al santo. Cuenta el padre Cetina como el rey “trato con los Prelados de nuestra Sagrada Religion, que se ordenasse en Alcala, vna fiesta muy solene por la canonizacion del glorioso san Diego: y que reconociessen su santo cuerpo, que desde el milagro del Principe, no se auia tornado a ver, y que le lleuassen en vna muy solene procession, en que el queria hallerse presente.”

Las fiestas comenzaron el 10 de abril de 1589. La víspera, llegaron a Alcalá Felipe II, su hermana la emperatriz doña María de Austria y los hijos del rey, el príncipe Felipe y la infanta Isabel Clara Eugenia, además de muchos nobles de la Corte.

Carlos I y Felipe II, en un óleo de Antonio Arias Fernández.
Carlos I y Felipe II, en un óleo de Antonio Arias Fernández.

Tras los rezos, el rey y su familia se retiraron a su residencia habitual en Alcalá: el Palacio Arzobispal. Las fiestas fueron espléndidas, mostrándose la ciudad, ante todos aquellos que llegaban de multitud de lugares, como un gran escenario lleno de altares, arcos, carteles y representaciones teatrales en honor del nuevo santo. De entre las anécdotas que se cuentan en relación con la participación del rey en las fiestas, hay una que narra José de Rújula, que además nos habla del prestigio de la Universidad: “Encontrándose en Alcalá D. Felipe II, para asistir a las fiestas de canonización de San Diego, al pasar por delante de su persona el Rector del mismo Colegio Mayor, mandó a su paje soltase la falda o cola que le llevaba levantada, en señal de respeto, pero dándose cuenta el Rey, ordenó que la llevase como siempre, y no hallando prontamente al paje, la tomó el Duque del Infantado, que le seguía como Protector de la Universidad, siendo su caudatario con general aplauso”.

Por otro lado, durante los últimos años del reinado de Felipe II, la Universidad de Alcalá vivió un momento de expansión y esplendor. En 1596, se matriculó el que llegaría a ser uno de los más grandes conocedores del alma del hombre del Siglo de Oro: Francisco de Quevedo.

La protección del monarca a la Universidad fue clara durante todo su gobierno. La base jurídica sobre la que se sostenía la legislación universitaria desde la perspectiva del derecho real fue recogida en la Recopilación de las leyes destos reinos, hecha por mandato de la Magestad Católica del Rey don Felipe Segundo, nuestro Señor (1567). En este texto legal se concretan las normas que debían seguir el conjunto de las Universidades del Reino, con independencia de sus normas particulares. En relación con Alcalá, se señala, por ejemplo, “que los cursos de la Universidad de Alcalá sean iguales con la de Salamanca, y Valladolid”.

Y como última vinculación con nuestra ciudad, también Alcalá formó parte del complejo ritual de la muerte del rey. A finales del mes de junio de 1598, el propio Felipe II va a dar comienzo a la escenificación de su última muestra de majestad. Ya muy enfermo, insiste en ser trasladado desde Madrid a El Escorial. El viaje se prolongó durante cuatro interminables días, durante los cuales el monarca apenas se quejó. Se cuenta que al preguntarle un fraile del monasterio “como venia, respondió con alegre semblante, que muy bueno” Ya en El Escorial, las llagas ulcerosas, producto de la gota, le cubrían todo el cuerpo, llegando a ser la agonía del rey tan dolorosa y terrible que los médicos no se atrevían a moverle. A pesar de todo, la fortaleza del rey era increíble y soportaba los intentos de curación de los cirujanos. Sólo la religión le consolaba, hasta el punto de que su habitación estaba llena de imágenes religiosas y crucifijos. Mandó, además, que le llevaran reliquias de santos y estolas sagradas y pidió que le enviasen agua bendita de la Magistral de Alcalá, poniendo una reliquia de los Santos Niños, para ser rociado con ella por todo su cuerpo.

El 1 de septiembre, el rey pidió que se le administrase la extremaunción mientras aún estaba consciente. En el momento de serle impuestos los sacramentos, el hombre más poderoso de la cristiandad “pidió la cruz que su padre el emperador sostenía en el momento de su muerte. Mandó por el príncipe y le dijo que se quedara para la ceremonia y que contemplara este ejemplo de miseria terrenal”.

En esta ceremonia se encontraba presente el arzobispo de Toledo, fray García de Loaysa, excolegial de Alcalá, que llegó a ser enterrado en la cripta de los Santos Niños de la Magistral. El domingo 13 de septiembre de 1598 se apagaba definitivamente la vida de un hombre controvertido, poderoso, convencido de su misión como gobernante ungido por Dios para regir los destinos de un gran imperio.

En el lecho de muerte, fray García de Santa María, monje jerónimo nacido en Alcalá, fue el encargado de cerrarle definitivamente los ojos. La tristeza se extendió por todas las ciudades de su reino, aunque pronto se alzaron pendones en honor del nuevo rey Felipe III. En Sevilla, el 19 de diciembre de 1598, según un testigo presencial conocido como Ariño, “un poeta fanfarrón penetró en la Catedral y recitó un soneto sobre la grandeza del catafalco real”. Se trataba del alcalaíno Miguel de Cervantes Saavedra. Posiblemente no halla nada más auténtico que esta poesía como colofón a la historia de la relación de Felipe II con una de las más bellas ciudades del Siglo de Oro español:

 

Voto a Dios que me espanta esta grandeza

y que diera un doblón por describilla;

porque ¿a quién no sorprende y maravilla

esta máquina insigne, esta riqueza?

Por Jesucristo vivo, cada pieza

vale más de un millón, y que es mancilla

que esto no dure un siglo, ¡oh gran Sevilla!

Roma triunfante en ánimo y nobleza.

Apostaré que el ánima del muerto

por gozar este sitio hoy ha dejado

la gloria donde vive eternamente

Esto oyó un valentón, y dijo: Es cierto

cuanto dice voacé, señor soldado.

Y el que dijere lo contrario, miente.

Y luego incontinente,

caló el chapeo, requirió la espada,

miró al soslayo, fuese, y no hubo nada.

 

Enrique M. Pérez

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