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Centro de Instrucción de Reclutas nº 10, San Gregorio, Zaragoza. 9 de abril de 1977. Sábado Santo. Hace pocos días se había jurado bandera. El campamento permanece casi desierto. Instructores, suboficiales, oficiales y jefes están de vacaciones por Semana Santa. Apenas un pequeño retén para el mantenimiento en la unidad de servicios y las unidades de vigilancia exterior e interior permanecen en el centro.

 

El Jueves Santo amaneció con el incidente de un soldado que en su guardia había sufrido un ataque de estrés y que había disparado contra algunos compañeros, afortunadamente sin daños, mantiene en alerta el centro. Solventado el incidente por la policía militar, se vuelve a la rutina habitual de los paréntesis entre reemplazos esperando a los nuevos reclutas. Inicio de la primavera y ya hace calor.

Los militares del control de entrada ven como inesperadamente el sábado van llegando al campamento el personal que permanecía de vacaciones, los primeros en incorporarse aquellos que residen en Zaragoza. En el transcurso de la tarde y de la noche se va incorporando el resto del personal. El comportamiento de los que van llegando es nervioso, algunos con los rostros desencajados van a ponerse al mando de sus exiguas unidades. Incluso hay quien nada más llegar a las Compañías solicita al cabo armero la llave que abre el armario de las pistolas destinadas a los oficiales.

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El nerviosismo se traslada a la tropa, se hacen preguntas, todas sin respuestas. Los mandos dicen que están allí porque han recibido órdenes superiores de incorporarse a sus destinos. España está en los inicios de lo que pretende ser una transición democrática. El país vive convulso, unos meses antes unos pistoleros de ultraderecha habían asesinado a unos abogados laboralistas en su despacho de la calle Atocha. Además se habían producido los secuestros del teniente general Emilio Villaescusa, presidente del Consejo Supremo de Justicia Militar y de Antonio María de Oriol, presidente del Consejo de Estado. A lo que había que añadir la muerte del estudiante Arturo Ruíz, asesinado de un disparo por el ultra Arturo Cesarski y la muerte de la estudiante de sociología María Luz Nájera a consecuencia del impacto de un bote de humo lanzado por la policía.

En el interior de los cuarteles la tropa vivía ajena a aquellos acontecimientos. Su único fín era cuanto antes perder de vista el uniforme y coger la “blanca”. Pero aquél día era diferente, acostumbrados a que se acuartelaba a la tropa cada dos por tres por las convulsiones de la época, tanta ida y venida de “Willys” de mandos aquel día no parecía augurar buenos presagios.

Ante la falta de respuestas de los oficiales, radio macuto empezó a funcionar. “Han legalizado al Partido Comunista y los mandos están que se suben por las paredes”.

¿Y ahora que va a pasar? Pregunta que se tardó poco en responder.

Ese día fue el verdadero comienzo de la democracia en España.

Meses antes había emergido el PCE en el entierro de los abogados laboralistas. Supieron estar a la altura, con el dolor en las entrañas mostraron una capacidad de convocatoria extraordinaria teniendo un comportamiento ejemplar. También el Ejército supo estar a la altura y no cayó en el anzuelo. Mientras el pueblo español daba muestras de serenidad ante la inmediata llegada del cambio. Ajena a la provocación de la ultraderecha. Se respiraban aires nuevos, pero todavía la democracia no estaba consolidada, faltaban muchos. Y los que faltaban, el 9 de abril de 1977 por fin dejaban la clandestinidad. Adolfo Suarez y Santiago Carrillo llegaban al acuerdo tras negociaciones secretas. el PCE era legal, aceptaba la bandera bicolor y la Monarquía.

5 días después el 14 de abril, 46 años tras proclamarse la II República, en rueda de prensa histórica con Santiago Carrillo y Marcelino Camacho en la cabecera de la mesa, tras la reunión del Comité Central ratificaban los acuerdos a que habían llegado con el presidente del gobierno Adolfo Suarez.

Ignacio Sánchez

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